lunes, 27 de agosto de 2007

Cuando quise ser Monzón



Un verano, hace años atrás, fui a un gimnasio. Los gimnasios –convengamos- antes eran algo raro. En Rosario había sólo dos y después se agregó un tercero y un cuarto, pero a nadie se le ocurría ir a hacer aeróbic a las dos de la mañana. Los gimnasios pioneros fueron Nico y Turi, el primero vinculado al ambiente de pesistas y luchadores –ambiente siempre sospechado de promiscuidad homosexual-, y el segundo más cercano al ambiente del rugby, a ése fui como joven enclenque que desea algún día jugar en primera. Había muchos aparatos caseros, pesas, poleas, mancuernas. Una de las cosas más sorprendente era la práctica de un juego que se llamaba “Turibol” y que era una mezcla de voley, fútbol y tenis que se jugaba en un mini gimnasio con colchonetas.

Pero a mí lo que más me atraía eran dos elementos que estaban en una pequeña salita: la bolsa de arena y el punching ball. La primera vez que vi la bolsa de arena le tiré un puñete que casi hace que se rompiera mi muñeca: era realmente dura.


Un buen día le dije a “Turi” –este era el apodo de Arturo Astegher, un autodidacta- que me gustaría aprender boxeo. Me recomendó que fuera a ver a un amigo de él, el señor Rolo –apodo de Rolando Mastroiácono, otro autodidacta- un ex boxeador que se comentaba había ido algún juego Panamericano y daba clases de box en el club Ñaró, en la Avenida Arijón, pleno corazón del Saladillo, viejo barrio de matarifes y cuarteadores. Me presenté un martes a la tarde, con un bolsito y las carpetas de la facultad, había tomado el 225 que hacía el recorrido Barrio Ludueña – Frigorífico Swift.


El señor Rolo me insistió con la soga, sombra, punching ball, bolsa de arena, tres veces por semana durante largos tres meses, a esto había que sumarle mi entrenamiento en lo de Turi y la práctica de rugby. Después de esos para mí largos meses me sentí como Rocky a punto de enfrentarse con Apollo Creed: quería acción. Tanto insistí que el señor Rolo mandó a llamar a un pibe flaquito, morochito, al que le llevaba una cabeza. Me hizo poner los guantes, el protector bucal, el cinturón de cuero y el protector de cuero en la cabeza que tenía un rancio olor a transpiración. Así preparado subí al ring con temor de lastimar a mi ocasional oponente. Fue un solo round, pero puedo asegurar que nunca me pegaron tanto en apenas tres minutos, tenía la cara roja del roce del guante con el cuero y mi piel, no entendía nada dónde estaba parado y lo único que quería hacer era bajarme. Desde ese día admiro profundamente a todos aquellos que, con dedicación y entrenamiento, eligieron, por una forma u otra, uno de los más difíciles oficios: ser un boxeador profesional.


Cuando salí del vestuario con el bolsito y las carpetas, lleno de vergüenza y dolor físico, en busca del 225 que me llevara de vuelta al centro el señor Rolo se acercó y me dijo: “¿Sabés que pasa rubio?” a lo que me di vuelta y lo miré buscando la respuesta que justificara semejante humillación, “…vos comés todos los días.” Interiormente y con mi vanidad destruida reconocí muy a pesar mío que el señor Rolo, el autodidacta, tenía razón.

17 comentarios:

Luba dijo...

por casualidad no recuerda al gimnasio del caballero rojo?

El Mellizo dijo...

No, a ese no lo tengo

EmmaPeel dijo...

Por un par de años fui al gimnasio del tuerto (había perdido la retina en su quinta pelea, y parece que prometía, o eso decían en la barra del bar del club) y me dejaba entrenar con los mushashos, pero guantes no, sólo podía con él.

Colo, arriba era el grito de llamada y ahí subía yo al ring, las patas flacas en la yoguineta negra. Siempre me dejaba la cara colorada, pero la primera vez que le metí una mano ni él ni yo lo pudimos creer.

El Mellizo dijo...

Buenísimo, Emma!!
Eran otros tiempos los míos...

EmmaPeel dijo...

Si, es cierto, igual nos costó la entrada (hace muuuuucho de esto, casi que me pongo en blanco y negro)

A lo del tuerto fuimos con una amiga y tuvimos que chamuyarlo un mes seguido, todos los días, para que nos dejara incorporarnos.

Y las primeras semanas fueron fatales, se ponían en ronda para vernos entrenar

Al final terminamos todos amigos

Gracias Melli, me hizo recordar un lindo momento

El Mellizo dijo...

La evocación, la evocación...

Tommy Barban dijo...

Mellizo, si en lugar de intentar trompearlo, al chiquilín hambriento ese le aplicabas tu patentado abrazo del oso te sacaban en andas del ring.

Emma, no necesitás un sparring?

El Mellizo dijo...

Tommy, no era lucha libre, era boxeo y el boxeo tiene sus reglas clarísimas que excluyen de cualquier interpretación posible "el abrazo de oso".

Mixmi dijo...

Síndrome también conocido como el de "la heladera llena" ...

*Marinita* dijo...

jjajaja pobre melli!!!
bueno por lo menos lo que te gustaba era la bolsita nada mas..
hay hombres que viven con esas pesitas mirandose al espejo..
no lo soporto..
lo de usted es humor..
saludos

Cosima dijo...

Buenísima la historia. Que crudo el comentario del dueño del gym. Pero cuán real. Y qué cierto el corolario que para conseguir los fines que uno quiere generalmente no hace mas falta que una grandísima y visceral motivación.

El Mellizo dijo...

Jugábamos al rugby en forma amateur total, ninguno de mis compañeros -y me incluyo- podría hoy soportar 10 minutos.
La motivación visceral es fundamental para cualquier cosa, pero mucho más para hacer una profesión en la que vos sabés de antemano que cuando la vas a hacer te van a cagar a trompadas.

Bombón Asesino dijo...

Una vez conocí a un boxeador. Era un tipo bien de barrio. Tenía la naríz completamente torcida y casi ya no tenía tabique. Además, un ojo le había quedado mocho de tanto golpe. Lo que más me impresionó fue el entrenamiento físico que hacía por las noches: corría a lo loco por toda la ciudad. Es que era recolector de basura.

El Mellizo dijo...

A diferencia de lo que la gente cree los recolectores de residuos no es gente bien entrenada, es gente bien "esforzada" que no es lo mismo. Ninguno podría ganar una carrera de, digamos, cinco mil metros.

Bombón Asesino dijo...

Claro, el tema es que el hombre en vez de entrenar en un gym entrenaba como recolector de basura. Que se entienda de ese modo el término entrenar, Melli.

EmmaPeel dijo...

Queremos ver el abrazo de oso del melli!

Barban en este preciso instante más que sparring necesito espárragos blanqueados sobre un buen pan de campo, tengo hambre

El Mellizo dijo...

El abrazo de oso fue puesto hace poco en la lista de armas bélicas no convencionales por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para el Desarme, y por ahora he decretado una suspensión unilateral del mismo.