miércoles, 8 de agosto de 2007

Por qué dejé de jugar al ajedrez




Cuando tenía cinco años mi papá me enseño a jugar al ajedrez. En un juego chiquito, de plástico, con las piezas negras bien negras y brillantes y las blancas igual. Al poco tiempo ya le hacía fuerza, al año ya le ganaba. Mi papá me llevó a jugar a un club de barrio con muchachos mayores y me siguió resultando sencillo entender el juego.
Así fue como me anoté en un torneo intercolegial y fui pasando de ronda hasta que di con los buenos jugadores de verdad y perdí. Ahí entendí que más allá de la intuición o algún talento natural no era casualidad que el ajedrez también fuera conocido como el juego-ciencia, y si era ciencia había que estudiar.
Buenos Aires y el mundo se revolucionaron con la presencia de Bobby Fischer jugando la semifinal del campeonato del mundo contra el ex campeón el armenio Petrosian. Por esos días tuve mi primer libro de ajedrez en la mano, después vinieron muchos más. Y empecé a estudiar y me fue bastante mejor.
Hasta que un día apareció una pesadilla terrible. Casi todas las noches después de cenar me quedaba en el living de la casa paterna estudiando ajedrez, como los chicos que hoy se ponen a jugar a la Playstation, hasta que el sueño me vencía. No sé si alguno de ustedes vio alguna vez un libro de ajedrez. Más allá de las anotaciones raras, después de estudiar muchas variantes el autor concluía con un contundente: “…y las blancas están superior”. Esta sola definición, que podía ser igual para las negras, alcanza en lenguaje ajedrecístico para decir que el oponente está frito, y así me iba a dormir. Una vez, en un sueño profundo apareció la pesadilla que fue seguida por una angustia que pude soportar por poco tiempo. La pesadilla era que yo sentía la crueldad y el sufrimiento al que eran sometidas las piezas que había dejado sobre el tablero en inferioridad. Toda la noche sentían que la guillotina las iba decapitar ni bien asomara el primer rayo de sol al día siguiente. La pesadilla era recurrente y la angustia fue creciendo hasta tornarse insoportable. Ya tenía un juego de piezas profesional, un tablero de madera y muchos libros, pero no podía soportar la angustia que me provocaba esa pesadilla y no pude seguir estudiando. Ya más grande, en la Universidad me ganaba algunos pesos en bares del centro jugando ajedrez ping pong por plata, pero era un arte menor, un concurso de entrecasa. Ahora lo único que hago es de vez en cuando recordar alguna partida magistral sobre el tablero y deleitarme de la misma forma que cuando miré por primera vez “El descenso de la cruz” de Caravaggio. Así fue que dejé de jugar al ajedrez y estoy muy contento de haberlo hecho pero también me alegra el poder disfrutarlo como un arte.
Muchos años después me enteré que muchas de las mejores páginas de la literatura argentina padecieron en su génesis tal vez la misma angustia. Se trata de Roberto Arlt, al cual de niño su padre le propinaba tremendas palizas con el agregado de que un día lunes le decía que el jueves a las cinco de la tarde le iba a pegar. Imaginarme el padecimiento de Arlt niño fue identificarlo inmediatamente a las piezas que habían quedado noches enteras en esa misma situación de amenaza, y así como dejé de jugar al ajedrez no dudaría en cambiar las mejores páginas de la literatura argentina porque un niño jamás hubiera tenido que pasar por ese sufrimiento.

11 comentarios:

elastichica dijo...

Me encantó. Pusiste en palabras una angustia mía de hace tiempo.
Mi hijo Nachi participó el año pasado en un torneo. Categ 9 años. 100 mesitas con relojes en un gimnasio. Un funerario da reglas: el turno finaliza al soltar deliberadamente una pieza sobre una casilla... blabla
En la 3era ronda nos toca contra Luc Derçí, hincha de Paris St Germain con el que Nachi había hablado en el recreo. En la 2da jugada Luc mueve su reina. Cae gota de frente de Mssr Derçí padre, parado al lado mio. Nachi mira para los dos lados y disimuladamente susurra, "si la dejás ahi, la vas a perder." Luc, agradecido, re-coloca la reina en otra casilla. Pasan dos jugadas más,Luc mueve su resucitada reina y grita eufórico "Jaqué maté". Mssr Derçí enchantado, aplaude en francés. Nachi baja su rey y le da la mano. Los ajedrecistas son una mierda. (parece mentira que la primera palabrota de tu blog, iba a venir de mi, madre de familia ...)

gardener dijo...

Tengo un problema, adicción, no se, la ansiedad por hacer un comment en el blog del mellizo, ¡¡¡impide que lea con detenimiento su post!!!

El Mellizo dijo...

Podríamos convenir que el ajedrez es bello pero los ajedrecistas son una mierda (segunda puteada)

Anahí Lazzaroni dijo...

Hola Mellizo: Me gustó mucho este post.
Pasaré seguido de visita.

Luba dijo...

A mí también me encantó y me gustó mucho como lo ilustraste.
Elastichica, sufrí mucho con el relato de Nachi ajedrecista, pero qué competidor maravilloso el niño!

Yo (rodrigo illarraga) dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Yo (rodrigo illarraga) dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Luba dijo...

eso. y dora?

El Mellizo dijo...

Disculpen... soy nuevo.

Néstor Pedro dijo...

Hola Mellizo
Es imposible abandonar el ajedrez aunque te lo propongas muchacho. Porque el ajedrez es como la vida: es un juego de goce y sufrimiento. Pero como también es arte, el placer estético de haber realizado una partida brillante te inunda el alma.
No dejes esas inquitudes y jugá tranquilo y sin apuro,acá en Buenos Aires, online a 3 o 7 días por jugada en la dirección http://www.opengames.com.ar/es/room/Chess-Masters
También se puede jugar allí al "Ajedrez jubilado" que consiste en finales de peones con promoción de torre, que son las que juego yo que tengo algunas inquitudes literaris como vos, pero que no dispongo de tiempo para nada y quiero invitarte a jugar conmigo,porque estoy seguro que con seguridad te decidirás a volver a disfutar del placer de este juego de los dioses.
Te mando un gran abrazo.
Néstor

Natalia dijo...

Hola, mi abuelo fue super campeón. Pero no se dió a conocer. Por lo menos eso es la hisoria que se contaba, y tenía infinidad de libros y un cuento de un tipo que toda su vida era el ajedrez.
Lo que yo puedo decirte es que es que aparentemente todo era ajedrez ya que se bañaba poco, y nunca arreglaba una canilla. Era pobre también.

Me dejó un consejo que fue "nunca juegues al ajedrez".
Más allá de eso intenté jugar y estudiar jugadas. Pero llegué prematuramente a la misma conclusión. El ajedrez medio que te arruina la vida y quedas medio loco, si te lo tomas realmente en serio. Y como no me gusta ser un perdedor, sabía que el ajedrez me iba a volver loco, aunque sea en el buen sentido, dejaría de hacer otras cosas para brindarle tiempo.

Di con tu blog por casualidad. Un abrazo.