miércoles, 28 de mayo de 2008

De vuelta a casa, Comandante

Dentro de unos días esta estatua estará en donde siempre debió haber estado




En estos días de confusión está subiendo por el Río Paraná la estatua del rosarino más famoso. Me acuerdo del año 1985 cuando el petiso Ernesto González me dijo: "Pero, óyeme chico, cuándo van a poner una estatua del Che en Rosario?" con su inconfundible acento de la isla que parece un caimán. Mi respuesta fue una sonrisa, una sonrisa que ocultaba un no poder responder.

A una cuadra de mi oficina está la casa natal del Che, cuando quisieron poner una placa o algo así le tiraron una bomba de alquitrán, y después los mismos consorcistas del hermoso edificio se opusieron a que figurara la placa. Una rara coincidencia marca que en ese mismo edificio mi amigo del alma Tommy Barban viviera allí varios años de su infancia.

Cuando fue el Congreso de la Lengua, la municipalidad puso una serie de referencias en el centro y entre ellas está la referencia de la casa del Che, como llegar y el punto exacto... pero en la vereda. Por suerte todavía no pasó nada.

También tenemos la plaza de la Cooperación en la cual hay un mural del Che. En el extremo oeste de la ciudad, en la nueva salida para Córdoba, al final de la Av. Pellegrini, hay un viaducto que se llama Che Guevara.

Me gustaría encontrarme de nuevo con mi fugaz amigo caribeño, nunca supe más de él, no sé si llegó a miembro del Partido, si está en la Nomenclatura, si es un alto funcionario, o si no pudo pasar alguna purga interna, y poder decirle: "Querido petiso Ernesto González, ahora, recién ahora, vamos a poner la estatua del Che, espero que nos sepas entender"

domingo, 25 de mayo de 2008

El dolor y la esperanza de ser argentino

"¿Qué juramos, el 25 de mayo de 1810, arrodillados en el piso de ladrillos del Cabildo? ¿Qué juramos, arrodillados en el piso de ladrillos de la sala capitular del Cabildo, las cabezas gachas, la mano de uno sobre el hombro del otro? ¿Qué juré yo, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, la mano en el hombro de Saavedra, y la mano de Saavedra sobre los Evangelios, y los Evangelios sobre un sitial cubierto por un mantel blanco y espeso? ¿Qué juré yo, en ese día oscuro y ventoso, de rodillas en la sala capitular del Cabildo, la chaqueta abrochada y la cabeza gacha, y bajo la chaqueta abrochada, dos pistolas cargadas? ¿Qué juré yo, de rodillas sobre los ladrillos del piso de la sala capitular del Cabildo, a la luz de los velones y candiles, la mano sobre el hombro de Saavedra, la chaqueta abrochada, las pistolas cargadas bajo la chaqueta abrochada, la mano de Belgrano sobre mi hombro?


¿Qué juramos Saavedra, Belgrano, yo, Paso y Moreno, Moreno, allá, el último de la fila viboreante de hombres arrodillados, en el piso de ladrillos de la sala capitular del Cabildo, la mano de Moreno, pequeña, pálida, de niño, sobre el hombro de Paso, la cara lunar, blanca, fosforescente, caída sobre el pecho, las pistolas cargadas en los bolsillos de su chaqueta, inmóvil como un ídolo, lejos de la luz de los velones y candiles, lejos del crucifijo y los Santos Evangelios, que reposaban sobre el sitial guarnecido por un mantel blanco y espeso? ¿Qué juró Moreno, allí, el último en la fila viboreante de hombres arrodillados, Moreno, que estuvo, frío e indomable detrás de French y Berutti, y los llevó, insomnes, con su voz suave, apenas un silbido filoso y continuo, a un mundo de sueño, y French y Berutti, que ya no descenderían de ese mundo de sueño, armaron a los que, apostados frente al Cabildo, esperaron, como nosotros, los arrodillados, el contragolpe monárquico para aplastarlo o morir en el entrevero?


¿Qué juramos allí, en el Cabildo, de rodillas, ese día oscuro y otoñal de mayo? ¿Qué juró Saavedra? ¿Qué Belgrano, mi primo? ¿Y qué el doctor Moreno, que me dijo rezo a Dios para que a usted, Castelli, y a mí, la muerte nos sorprenda jóvenes?


¿Juré, yo, morir joven? ¿Y a quién juré morir joven? ¿Y por qué?"





Andrés Rivera "La Revolución es un Sueño Eterno"





En mi ciudad, Rosario, existe una sola cuadra que recuerda la memoria del Orador de la Revolución, es una cortada que lleva su apellido y no explica más nada. Se encuentra entre las calles Seguí y, justamente, Saavedra. Hoy, en un día triste para nuestro país, también me pregunto como lo hace Rivera en el personaje de Castelli, qué juraron tantos.




Hace 198 años empezamos una historia, una épica de la Argentina, país que por amarlo tanto nos duele de esta forma

lunes, 19 de mayo de 2008

Sobre la abundancia de talleres

Hace tiempo polemicé al respecto, creo que fue con Simpática y Puntual, sobre la abundancia de talleres y más específicamente sobre la proliferación de talleres de todo tipo, color y pelaje. Todo venía a cuentas de que ella estaba yendo a un Taller Literario.


Esa discusión la volví a tener con amigos y pude ver resultados diversos. Es cierto -que quede en claro que no pongo en duda esto- que el "taller" definido como un espacio de construcción, de participación, de esfuerzo colectivo es un concepto tal vez útil para significar algún tipo de actividad no del todo significable, pero de ahí a la superabundancia generalizada del uso del término hay un abismo. Hay talleres de teatro, de expresión corporal, de cine, de sensopercepción, de títeres, etc., etc., etc.. Es decir que todo encuadre no académico de una actividad tiene como contrapartida el taller. Estos eran los nuevos y conocidos -más o menos- talleres que empezaron a llenar ese espacio. Es más, a alguno de estos creo haber ido.


De ahí, como los hongos después de la lluvia en la ciudad de Rosario, comenzaron a proliferar talleres de las cosas más insólitas que se les ocurran. Vamos por los ejemplos: hace unos meses atrás leí en una revista de un cable rosarino que existía el "taller de la risa", o sea la gente va y se ríe, sí, sí, así como suena. Seguramente habrá una teoría -la mayoría de estos teóricos son de origen americano- que justifique que reirse porque sí es estimulante de la próstata y de las endorfinas y combate a la depresión y aleja el stress y baja la presión y mejora el cutis. Es probable, no digo que no, pero taller..., taller de qué? Por qué ocultar bajo el término supuestamente serio, el término que da entidad, el término "taller", la verdad de las cosas, es decir que un grupo de gente medio grandecita se junta a reirse como boludos los sábados a la tarde y eso les hace bien. Si les hace bien, bienvenido sea! Y si no le hace bien, me nefrega, pero digan la verdad.


El otro día iba caminando y veo un afiche pegado en la pared que decía "Taller de la Comicidad" y se dictaba en una prestigiosa librería rosarina que la va, a veces, de centro cultural. Otro más! Digo, pienso, qué corno es este tipo de taller? Le enseñan a uno a ser un banana? A contar cuentos en los velorios? A ser un stand up comedian? Qué sé yo! Averigüen ustedes.


Para terminar los ejemplos les cuento el caso de una amiga que fue a pasar unos días a un lugar de las sierras cordobesas, a conectarse con su yo interior y en dicho lugar abundaban los talleres de todo tipo, podría escribirles una lista enorme pero no, con uno solo me basta: "el taller de la intimidad". En qué consistía? Era muy sencillo, un trío conviviente (dos varones, una mujer) dictaban el taller en una de las habitaciones de la residencia, en la misma los que quisieran ir podían hacerlo con una sola condición: todos tenían que estar desnudos. El tema era indagarse, tocar el propio cuerpo, el cuerpo ajeno, reconocerse en la intimidad, y así hasta donde cada uno o varios al mismo tiempo quisieran seguir avanzando. Hace unos años a eso le llamaban "partusa", y no tengo nada contra las "partusas", pero sí tengo contra las "partusas" que se llaman "talleres". Habrase visto!


Como dije antes, seguramente aparecerán cientos de teóricos de los "talleres" a defenestrar esta opinión, me importa bastante poco, ya que el año pasado hice un "taller para no preocuparse de boludeces". Sigamos así.





Talleres eran los de antes, a ver quién se anima a desnudarse manejando un torno?

miércoles, 14 de mayo de 2008

Las personas cambian (quinta parte)

Las tijeras


El ahogo de Pablo encontró una rápida salida: Pamela. Era la nueva adscripta en la cátedra y Pablo vio en ella lo mismo que vio en Violeta hacía un año atrás. No era que había dejado de quererla a Violeta, no era que por su cabeza pasara ni remotamente la idea de separarse, es más sentía que el amor, el verdadero amor según sus propias palabras, había llegado a su vida de la mano de Violeta, pero que Pamela era otra cosa. Era aquella cosa que había sido Violeta: el arrebato, la pasión, el desenfreno, la sordidez. Más de una vez se preguntó si amaba realmente a Violeta y más de una vez se respondió que sí. Que no era falta de amor ni nada que se le pareciera, si no que él era un tipo que necesitaba esa adrenalina corriendo por su cuerpo, como la primer línea de merca aspirada, la que tomás antes que se te anestesie la nariz. Violeta eran las demás líneas, Pamela era la primera.


Una tarde habían quedado a ir al cine juntos, Violeta aprovechó para ir al centro a comprarse una malla para las vacaciones en Mar del Plata. Ella no daba muchas vueltas, compró rápido y se le ocurrió darle una sorpresa a Pablo, caerle al estudio como había hecho tantas veces, para cumplir con el viejo ritual le mandó un mensaje de texto que decía “Estoy cerca, estás?” Esperó un rato mientras caminaba hacia la oficina. Pablo no contestó el mensaje. Pensó que no estaba pero había llegado casi a una cuadra de la oficina y subió. Error. Pablo había dejado la puerta entreabierta y pudo escuchar primero y ver después como Pamela estaba apoyada sobre el escritorio y como Pablo arremetía contra ella como tantas veces lo habían hecho juntos. Se quedó estática en la puerta, durante unos breves segundos pensó que todo eso no era real, que en realidad ella estaba en la cama de la casa de Pablo durmiendo la siesta y que era una pesadilla. Después pegó un grito, profundo, desgarrador “¡Hijo de remilputas!” Dio un portazo y salió corriendo por la calle Santa Fe. Caminó como una poseída hasta encontrar el primer taxi. Se subió y le dijo al chofer que manejara, que ya le iba a decir a dónde iba. Pensó, pensó qué mierda hacer, se sintió hundida en un balde de mierda, se acordó de Jiménez, de la puerta entreabierta, de las noches en esa oficina. Le dijo al chofer que fuera a la casa de Pablo.


Pablo había quedado mudo, Pamela no entendía nada y entendía todo al mismo tiempo. Antes que Pamela se hubiera terminado de cambiar Pablo estaba esperando un taxi en la esquina de Entre Ríos y Santa Fe. Llegó a su casa y la vio a Violeta sentada en el sillón del living desnuda y con Perico en su regazo. Pablo intentó dar algunas explicaciones que no pasaron de un tímido balbuceo. Violeta lo miró fijo y le preguntó: “¿Te gusta el gato que te traje, pedazo de sorete?” Pablo no decía nada. “¡Este gato se muere de la misma forma que vos me mataste!” Violeta se paró, toda su desnudez temblaba, Perico lo miraba a Pablo esperando un gesto salvador pero las tijeras que tenía Violeta en la otra mano llegaron como un rayo al cuello del gato haciendo saltar un chorro de sangre como cuando se rompe una manguera. Violeta tiró a Perico al piso y salió corriendo a encerrarse en el baño. Pablo se agachó desesperado para ver si Perico todavía vivía. Por la boca del gato salía un manantial de sangre que lo desangraba y ahogaba al mismo tiempo. Pablo dejó al gato tirado y fue tras Violeta. Cuando llegó al baño se encontró con la puerta cerrada. Sus manos manchadas de sangre golpearon con fuerza la puerta pidiéndole a gritos a Violeta que abriera. Detrás de la puerta, adentro del baño, después de haber escuchado fuertes ruidos todo era silencio. Pablo siguió embistiendo con más fuerza, a los gritos, pidiendo por Violeta. Finalmente la puerta cedió y Pablo vio el cuerpo desnudo de violeta en el piso en medio de un gran charco de sangre. La tijera todavía estaba clavada al costado de la teta izquierda de Violeta. Entre la desesperación y la orfandad, entre la pérdida y el desastre Pablo tomó el cuerpo desnudo de Violeta entre sus brazos intentando levantarla. En ese instante abismal que nos enfrenta en el filo de la vida y la muerte de alguien que amamos, Pablo se sintió muerto. Su cabeza latía a punto de estallar, un dolor que le atravesaba el estómago y el pecho no lo dejaba respirar. Recién al rato, y todavía sin poder llorar, pudo sacar su celular del bolsillo del saco y discar el número de la emergencia médica.


Roxana había estado toda la noche sin dormir por la tos de su bebé. A las siete de la mañana su madre había llegado puntual a su casa para quedarse y cuidar al nieto mientras ella trabajaba de telefonista. Ese día había arreglado con su compañera reemplazarla en su turno de la tarde y faltaba media hora para irse, ya cansada fue a servirse un café. Venía de la máquina de café y veía titilar la luz verde de la central telefónica de emergencias con el monótono ritmo que tienen los aparatos electrónicos. Dejó el café sobre la mesa, se puso los auriculares y apretó la luz verde. Del otra lado de la línea escuchó la voz de un hombre que entre ahogos y llantos, no podía dejar de gritar una letanía desgarradora, insistente, definitiva, fatal: “¡No te mueras, mi amor, no te mueras!”.



Fin

viernes, 9 de mayo de 2008

Las personas cambian (cuarta parte)



La bañera

Pablo abrió la puerta de su casa, fue directo al baño y abrió la canilla del agua caliente de la bañera, le puso el tapón y esperó que se juntara bastante agua con la temperatura justa. Violeta se había quedado parada en la puerta del baño todavía con la cartera en bandolera y Perico junto a su pecho en la otra mano. Pablo fue hacia ella, lo tomó a Perico suavemente, como si en lugar de ser un gato fuera una paloma, y lo puso en el piso. Le sacó la cartera y la fue desvistiendo con mucho cuidado, de la misma forma en que se desenvuelve un valiosísimo jarrón de porcelana de Limoges cubierto de infinidad de papeles de seda. La llevó de la mano hasta la bañera, le lavó el pelo, le cortó las uñas, le pasó jabón por la espalda, después la dejó descansar un rato en la tibieza de la bañera y se fue a ordenarle la valija en su placard.


Violeta apareció de golpe en la puerta del dormitorio, envuelta en una toalla, con la mirada fija en Pablo que seguía acomodando ropa de ella en su placard. Desde que habían discutido en la puerta de su edificio Violeta no había vuelto a decir una palabra, se acercó a Pablo, cuando estuvo a un centímetro de él se sacó la toalla, la dejó tirada en el piso apoyando sus pies húmedos sobre ella, se acercó más a Pablo. “Quiero que me la chupes” dijo Violeta. “¿Ahora?” “Sí, ahora”. Pablo medio molesto cumplió con el pedido de Violeta, repentinamente Violeta lo empujó , lo tiró sobre la cama, y mientras le bajaba el cierre del pantalón le gritó “Así, no. Así quiero que me la chupes” Y mientras ella realizaba en Pablo lo que Pablo no había podido hacer en ella, interrumpía por momentos y mirándolo fijo volvía a gritarle “¡Ves! Así quiero que me la chupes” reiniciando con frenética fruición los movimientos de boca y lengua sobre la pija de Pablo. Cuando terminó, se levantó, levantó la toalla del piso y se fue al baño. “Por favor, ¿me pasás algo para ponerme? No traje nada de casa”. Pablo fue y encontró un viejo pijama que le había regalado su madre hacía muchos años. Violeta se lo puso y salió del baño espléndida, radiante, iluminada, parecía otra. Esa noche comieron un pollo muerto con papas fritas que Pablo pidió en un delivery, cuando terminaron de comer Violeta se levantó primero y lavó todo. Se acostaron por primera vez en la cama de Pablo, los dos se durmieron mirando el techo.


A la mañana llamó al estudio avisando que se sentía enferma y que no iba a ir a trabajar por un par de días. Pablo tenía clases en la facultad y no iba a ir a la oficina a la tarde. Violeta lo esperó arreglada, con música, una comida liviana, y en esa tarde de cándida ternura, mientras hacían el amor una y más veces, los dos, a su manera, pensaron que tal vez podrían ser felices. Además Pablo se había encariñado mucho con Perico, él nunca había tenido una mascota y el gato lo seguía a todas partes y aprendió a comer de su mano. Perico también era un nuevo amor de Pablo.

En esa felicidad engañosa los problemas desaparecieron. Violeta volvió al estudio, Pablo a sus clases y a sus pocos casos, empezaron a ir al cine, a comer afuera, a salir con otras parejas. Lo más sorprendente fue la cena de fin de año de la cátedra de Pablo, no sólo que la invitó si no que la presentó a todos como “Violeta, mi mujer”. Se podría decir que la vida juntos los había cambiado y que la felicidad estaba a la vuelta de la esquina, pero no.

En ese verano, mientras programaban unas vacaciones en Mar del Plata, Pablo empezó a tener problemas, no era que no la quisiera a Violeta pero extrañaba su antigua vida, su soledad, sus encuentros furtivos con otras mujeres, lo de siempre. Violeta se dio cuenta de este cambio sutil al principio y más claro al final. Cuando viajaron a la casa de sus padres, a la vuelta, Violeta se sintió intranquila. Vio a Pablo mirar varias veces por la ventanilla del Central Alcorta como queriendo estar en otra parte, ensimismado en pensamientos a los que ella no tenía ningún tipo de acceso, ni jamás lo tendría. La sensación de lejanía entre lo que Pablo hacía o decía y lo que pensaba era algo que desencajaba a Violeta, la hacía sentir muy mal, desatando una violencia interior en ella que sólo podía contenerla a fuerza de apretarse fuerte el muslo y pellizcarse casi hasta lastimarse, dejándose moretones que justificaba con su torpeza corporal y distintos choques contra muebles, puertas y objetos diversos.

(continuará)

martes, 6 de mayo de 2008

Las personas cambian (tercera parte)

Perico

Así fueron sucediendo los encuentros entre los dos. No siempre estaba Jiménez, su saldo fue bajando, pero Pablo dejaba la puerta entre abierta, otros días la cerraba y así. En esta parte de la historia lo importante no era lo que hacía Pablo o lo que hacían juntos Violeta y Pablo, lo importante, lo que iba a descarrilar como un tren de mil vagones era lo que hacía Violeta sola.
Mientras más se entregaba en su historia con Pablo, aumentando en intrepidez y sumisión hasta puntos que ni el mismo Pablo se hubiera imaginado de una chica tan –por decirlo de alguna forma- “sencilla”, ni ella tampoco tres meses antes, un día Violeta dejó de lavar los platos de su casa. El pequeño monoambiente prolijo y ordenado, chico pero bien ubicado fue sufriendo el abandono y la desidia de su inquilina. No lavó más platos hasta que no tuvo más, no lavó más cubiertos hasta que no tuvo más, ni vasos ni manteles ni servilletas. Comía con las manos lo que compraba en la rotisería de la Gorda Silvia, se limpiaba la boca con el papel de estraza que envolvía las empanadas, las tartas, las milanesas.
Se veían más de una vez al día, en la oficina de él o en el baño de damas del bar de tribunales. Un día se quedaron a dormir en la biblioteca cama de la oficina. Pablo le contó de su último viaje a un congreso de criminología en Colombia y que conoció a tipos muy capos en eso y muy piolas y que a la merca en Colombia la llamaban “perico” y que era la mejor del mundo, “estos colombianos…” decía y se reía y le contaba cosas, y le pedía que se diera vuelta y le mojaba el culo con saliva y le metía el dedo y ella se abría más, más, dispuesta a todo. Pablo no se había dado cuenta todavía, ni se daría cuenta hasta el final, pero se estaba enamorando. Si por algún motivo un día Violeta no pasaba a verlo, la botella de Criadores quedaba vacía y se tenía que quedar a dormir en la oficina, vacío, sin nada, perdido en el whisky barato en el que naufragaba solo ante la ausencia de Violeta.
Violeta seguía firme en su actitud de dejadez. Muchas veces pensó que eso le pasaba por culpa de Pablo, que ella no había sido así hasta que empezó a salir con Pablo. Poco a poco dejó de lavarse el pelo, las camisas, las bombachas. Sus uñas estaban sucias, se olía todo el tiempo, le gustaba sentir ese olor tan nuevo para ella: el olor de su cuerpo sucio, los restos de Pablo mezclados con su olor, por días podía andar así sin sentirse afectada por nada, encerrada en su coraza mugrienta.
Una tarde de lluvia torrencial, volviendo de la oficina de Pablo encontró en el porche de su edificio un gato mojado y tiritando, le dio tanta pena verlo así que se lo llevó a su casa. Comieron juntos, el gato y Violeta, los restos de una tarta que había sobrado de la noche anterior. Se encariñó con el gato, lo dejó, fue un habitante más de la mugre, al principio no tenía un nombre, lo llamaba “gato” a secas, hasta que un día le dijo: “A partir de hoy te vas a llamar Perico”.
Todos se dieron cuenta del cambio en Violeta, en la oficina, en el tribunal, empezaron a mirarla de forma rara. El que más tardó en darse cuenta fue Pablo, cuando le preguntó qué le estaba pasando que no se bañaba, Violeta inventó que el calefón no andaba, otro día que habían cortado el agua y así, pero de tan evidente que era una noche Pablo intrigadísimo la esperó en la puerta del edificio, la obligó a dejarlo entrar en medio de una escena de forcejeos y gritos, cuando llegaron al departamento de Violeta, Pablo no pudo creer lo que vio. Atónito frente a semejante desquicio le pidió a Violeta que juntara sus cosas en una valija, cosa que ella hizo sumisamente, levantó con la otra mano a Perico, y se cruzó la cartera en bandolera dispuesta a salir. Pablo bajó rápidamente por la escalera sin esperar al ascensor, salió a la calle, paró un taxi y le dijo al taxista la dirección de su casa en Alberdi. “No podés estar así, Violeta. Ahora te venís a vivir a casa”. Sin quererlo, sin darse cuenta, Pablo había dado un vuelco impensado a su vida. Por primera vez hacía algo por amor.

(continuará)