jueves, 29 de enero de 2009

El señor Angemi

Debe tener sesenta y pico de años. Es bajito, una calva incipiente, el pelo totalmente blanco. Se presenta muy formal, siempre bien vestido pero de una combinación que de tan a la moda para un hombre de sesenta y pico lo hace quedar como demodé. Nunca va a una cita de negocios sin haberse bañado, afeitado y perfumado. Usa alguna loción francesa bastante fuerte que me resulta bastante molesta, convengamos que a mí los hombres tan perfumados no me gustan.
Supo ser industrial quebrado en la década del '90 y ahora es viajante de comercio. Hace interminables giras a bordo de su Fiat Siena gasolero, giras de cuarenta y cinco o sesenta días, después está una o dos semanas como máximo en su departamento de Buenos Aires y vuelve a salir. Sus destinos son de una diversidad y pretensión enormes, por eso será que me interesa lo que hace. Tiene el país divido en cuatro zonas: Noroeste, Noreste, Cuyo, el Sur. Acá viene bien una aclaración, por Noroeste debe entenderse que incluye Bolivia, con el Noreste a Paraguay y con Cuyo a Chile. Podría decir que el señor Angemi es un hombre del Virreinato del Río de la Plata, un vecino viajero de la ciudad fuerte de Santa María de los Buenos Aires. Lo más abarcativo de todo es lo que denomina Sur, que va desde Avellaneda a Usuhaia pasando por Esquel, Comodoro Rivadavia y Carmen de Patagones.
Suele parar en hoteles modestos pero limpios, cómodos y si tienen comedor mejor. Tiene una gran memoria, recuerda nombres de recepcionistas, vendedores, jefes de compras. Su trato es amable y distinguido, se define como un porteño de Barrio Norte, barrio del que se tuvo ir y que está luchando palmo a palmo por volver, ahora está en Almagro, un poco lejos, sí, pero viene de mucho más lejos.
Nada hace pensar que este hombre haya sido uno de los fundadores de la mítica movida de la Villa Gessell de los años 60's. Nunca fue hippie, pero él junto a dos amigos, puso el primer boliche bailable de la Gessell de aquella época, en la que recuerda -según sus palabras- que "el reviente que había era excepcional", que "todas las noches les dejaban sus sobres con merca" y que "la época del amor libre lo tuvo como protagonista" entre aquellos jóvenes que se escapaban de Buenos Aires dejando atrás las razzias policiales del onganiato. Tuvo ese boliche cinco años y después lo vendió, lo había puesto con dos de sus mejores amigos, uno de ellos es el mítico y legendario Víctor Maytland, el principal productor y director de cine porno en la Argentina. Siempre lleva en su valija un DVD con el mayor éxito de Maytland: "Las tortugas pinjas", que después tuvo su saga con "Los pinjapiedras". Es amigo de la pareja protagonista de la película, cuenta que se conocieron "trabajando", que hoy viven en Martínez y tienen tres hijos y que "ella es una madre excepcional", le gusta mostrarse fotografiado junto a ellos en su celular. Siempre que tiene tiempo, entre sus múltiples giras, se hace un lugar para visitar a su amigo y participar de algún rodaje.
Nadie diría al verlo caminar con su valija que, detrás de este hombre, hay una historia que tal vez no sea demasiado importante, pero sí que está lejos del promedio de los hombres con valija.
El señor Angemi y sus misterios. El señor Angemi.

viernes, 23 de enero de 2009

Pequeños y miserables traidores

En nuestra época de militancia universitaria unos personajes recurrentes, de cualquier partido o ideología -en esto no había distinciones-, eran los "federalistas". Estos personajes no estaban ni ahí influídos por Hamilton, Jay o Madison, sino más bien con lo peor de pequeños caudillejos de cuarto orden. El mote de "federalistas" que hoy les impongo surge porque en cada convención, congreso, seminario, o lo que catzo fuera, estos militantes "federalistas" venían esgrimiendo verdades en sus puños contra el "centralismo" porteño, pedían que se escucharan a "las bases del interior relegado", y en verdad lo que siempre buscaron con ese tipo de argumentos fue buscar mejores lugares en el reparto de la torta (hecho este de por sí legítimo) pero encubierto bajo este reclamo de llevar adelante las reivindicaciones del interior postergado.
Nosotros, como éramos de Rosario, ciudad que para los porteños era del interior y que para los "federalistas" era porteña -al igual que La Plata, Santa Fe. Córdoba, Mar del Plata- quedábamos en el medio del sandwich.
Más de veinte años después me enteró que, uno de los "federalistas" más notorios, llamó a un amigo para pedirle asesoramiento para el establecimiento de una franquicia de multinacional gastronómica que funcionará en Puerto Madero donde el mismo "federalista" ya tiene un importante emprendimiento gastronómico. No me sorpende para nada, ya que así fue y así es. Estos tipos del "interior relegado" lo único que aspiraron y aspiran -más allá de alguna línea de vez en cuando- es ser parte del "centralismo" porteño, mostrando su verdadera cara y riéndose de los cientos de boludos que creyeron en sus palabras. Ejemplos en la historia reciente está lleno, además de este personaje de segunda, también los hubo riojanos, los hay santacruceños, y así seguirá. Como diría don Manuel: "Ay, patria mía!"

lunes, 19 de enero de 2009

Las cosas de mi viejo

En la casa familiar de calle Iriondo teníamos un living-comedor. Espacio que, funcionalmente, ha sido eliminado de las viviendas de clase media. El juego de living era de cuero color naranja, había una mesa trampa rectangular con seis sillas oscuras tapizadas de cuero blanco, un modular con su biblioteca, equipo de música y bar, una especie de atril en donde descansaba el teléfono negro, y una imitación de hogar con un leñogas. Más tarde mi madre agregaría en un rincón una mesa con ruedas en donde puso un juego de té y algunas otras boludeces. En la zona del comedor había una alfombra peluda de lana, en colores naranja, violeta y azul. Esos mueble formaron parte del plan de modernización de la casa del año 1977, que incluyó un baño todo rosa, grifería de ónix y algunas puertas corredizas. Los muebles mi viejo se los había comprado a un paisano de nombre Sam, seguramente se llamaba Samuel, con un catálogo y los hizo traer de una mueblería porteña.
En ese living-comedor, todos los lunes mi viejo se juntaba a jugar al póker con sus amigos. Félix, Tito, Juan, Alfredo. Durante años fue un ritual, mi viejo llegaba de trabajar, cenaba con nosotros, y después se iba hacia el living-comedor, sacaba el centro de mesa y un camino que ponía mi madre, ponía el paño verde, los ceniceros, abría el bar, y preparaba las cartas y las fichas. Las partidas duraban hasta las dos o tres de la mañana o quizás más. A veces me dejaban sentar a ver un rato.
La mañana del martes mi madre abría las ventanas del living-comedor para sacar el fuerte olor a tabaco que había quedado impregnado en las paredes, la alfombra, los sillones.
En ese mismo living-comedor mi viejo recibía por las tardes, tres veces por semana, a don Federico. Era un señor de edad indefinida de profesión kinesiólogo, con una calva total que relucía siempre como si estuviera recién lustrada. Mi viejo volvía a sacar todo lo que estaba arriba de la mesa pero en lugar del paño verde ponía una frazada, se desnudaba por completo y se sometía a una sesión completa de masajes durante una hora, finalizada la sesión se ponía una bata, despedía don Federico y se pegaba una ducha.
Las cosas que pasaban en ese living-comedor eran para mí algo absolutamente normal, además, ahí estaba mi sillón de lectura, mi juego de ajedrez y la puerta del living-comedor que daba a la calle y que sólo se abría dos veces: para recibir a sus amigos del póker y a don Federico, la gente de la casa y las visitas entraban por el garaje, que luego en la remodelación de los años 80's se convertiría en una especie de patio de invierno, pero esa ya es otra historia.