jueves, 26 de febrero de 2009

Las cosas por su nombre

Este fin de semana en Rosario, dos jóvenes mujeres murieron por ser pobres. Esta nota salió publicada en Rosario/12, en la edición de ayer, miércoles 25 de febrero de 2009.

Las cosas por su nombre

Por Gustavo Mainardi, sociólogo, docente de la U.N.R.


La noticia, aunque repetida, no deja de generar una enorme tristeza. Este fin de semana dos mujeres jóvenes y pobres murieron por causa de abortos practicados en condiciones clandestinas e insalubres, las dos eran de condición muy humilde y llegaron a la guardia del Hospital Provincial de Rosario en situaciones extremas. Muertes inútiles, evitables, dolorosas. La pregunta que surge obligada es saber quién cuidó de la vida de esas mujeres, el Estado que debería haberlo hecho fue el que las mató, las organizaciones que hipócritamente defienden la vida no se preocupan en defender las de ellas.Porque aquellos que se oponen a la legalización del aborto y su gratuidad no se oponen en sí a la práctica, ya que la misma se sigue llevando adelante casi como una rutina más, sólo que las mujeres más pobres, más débiles, más indefensas son las que no pueden abortar en condiciones seguras, mientras que aquellas que tienen medios económicos, educación y lo que llamaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu capital social lo pueden realizar en razonables condiciones de seguridad y asepsia. En este caso el dinero no siempre es el límite más grave, la educación y el capital social permiten poder conseguir el dinero que puede ser dado por un familiar o amigo, hasta un banco o una mutual pueden asistir financieramente a la mujer que decide practicarse un aborto seguro y sabe a dónde recurrir y qué condiciones mínimas debe exigir. Aquellas mujeres que no tienen nada son las que recurren en su desesperación a prácticas en donde arriesgan su vida como la única solución que tienen a mano, y es porque le han hecho sentir que sus vidas no valen nada.

En la relación de los ciudadanos con el Estado la ley es la que debe encargarse de regular las mismas. En este sentido, en países donde la injusticia y la gran desigualdad social condicionan esta relación, existen tres tipos de ciudadanos, los más poderosos se encuentran por encima de la ley, cumpliéndola de acuerdo a sus deseos y no a lo que la ley manda, la gran mayoría se encuentra dentro de la ley y, finalmente, existen aquellas personas que están sometidas por la ley y el Estado los persigue y los condena más allá de si la cumplen o no. Este último grupo en cualquier sociedad son los más débiles, los más pobres, los que portan cara, entorno y pobreza. En el caso del aborto, quedan sólo dos de las tres categorías de ciudadanos, aquellos que pueden estar por encima de la ley y realizarse un aborto sin medir las consecuencias penales y físicas, que cuentan con la educación y la forma de acceder a una práctica que aunque clandestina es segura. El costo de una intervención clandestina segura en la ciudad de Rosario se sabe que ronda los tres mil pesos, una cifra alta pero no imposible, casi menos que un implante dental, pero inalcanzable para aquellos que no tienen nada. En este caso ese grupo de mujeres se encuentran sometidas por la ley, la misma no les permite recurrir a un lugar seguro y gratuito para poder abortar, las envía a lugares clandestinos inseguros, y por si esto fuera poco si llegan a un hospital a pedir ayuda por las complicaciones que pudieran surgir deben ser denunciadas por los efectores públicos que las atienden, esto hace que cuando deciden recurrir a consultar al médico lo hagan, casi siempre, demasiado tarde.

Esta clara discriminación a la pobreza, este ensañamiento con los más débiles, es la verdadera causa de la muerte de estas dos mujeres. Encima el Estado sale a perseguir a la mujer que practicó el aborto y los vecinos salen a reclamar justicia por la vida perdida increpando a la misma mujer, que sólo es un engranaje más en la larga cadena de victimarios que comienza mucho más arriba y con mayores responsabilidades.

Una de ellas deja tres hijos, la otra uno. Cuando estos hijos pregunten cómo y por qué murieron sus madres, deberíamos poder responderles con la verdad: por ser pobres, y porque los pobres, en un Estado que los persigue y los margina, no son ciudadanos, sino meros números de una estadística que engrosa la lista de mujeres jóvenes que mueren increíblemente de esta forma en el siglo XXI, y que cada una de ellas nos avergüenza como sociedad.

jueves, 19 de febrero de 2009

Los días de febrero

El calor impiadoso del Sur se contrapone con el frío del Norte y su crisis. La sensación es que cuando empiece a irse el calor y llegar el frío por acá estaremos más o menos como ellos. Leemos números, cifras, estadísticas que meten miedo. ¿Esa es la idea?
En los 90's no había espacio para nada que no fuera cantar loas al mercado y al sistema. Integrarse a cualquier precio, en la Argentina tuvimos excelentes alumnos. Parecía, de una vez y para siempre, que la modernidad periférica nos había alcanzado.
No viví la otra crisis, sólo en libros. El "crack" del 29, la recesión mundial, el desempleo, el pacto Roca-Runciman (¿entrega o la única forma de sobrevivir?). En esos tiempos en el mundo había una esperanza, esperanza que se encargaron muy bien de destrozar los propios líderes de la misma, en sociedades que lucharon por ser más democráticas y abiertas terminó sucediendo todo lo contrario. Muy bien lo cuenta François Furet en "El pasado de una ilusión". Eso hubo: ilusión. Ilusión y coraje y valor y ideas y pasión. ¿Harán falta de nuevo? Esos luchadores, esos militantes, podrán combatir tranquilos confiando en que esta vez sus líderes no los traicionarán? Que no habrá más Stalin, ni Mao, ni Castro, ni Firmenich, ni la pantomima caricaturesca de un Chávez? Que la lucha y el convencimiento serán correspondidos? Qué será respetada la entrega y que -por qué no, díganme por qué no?- la posibilidad de construir un socialismo humanista sigue intacta y que estaría bueno que en esta crisis global pudiéramos reflotar ideales del viejo internacionalismo, de la solidaridad, de aquellos que supieron alistarse sin reparos para defender la República porque entendían que era la defensa del género humano, y que el destino de la propia humanidad era lo que se jugaba en la Madrid sitiada por los franquistas.
Tierra y libertad es el título de una hermosísima película de Ken Loach, pero si vamos más allá de un buen título y vemos en esas dos palabras articuladas por la conjunción "y" la aspiración de cualquier ser humano: tener su tierra y ser libres, dos cosas que permiten vivir con dignidad y hacen que esquivemos los amagues del sistema. Como cantábamos en los 80's: "...no hubo errores, no hubo excesos...", o acaso que creen ustedes que es el capitalismo? Max Weber ya habló en 1905 del "estuche vacío" y eso es lo que viene pasando con las cíclicas crisis que no son otra cosa que la avaricia y la codicia llevadas al extremo porque esa y no otra es su razón intrínseca de ser. El viejo Carlos no se equivocó tanto, tal vez su lectura del futuro, la proyección histórica, pero en términos económicos hay muy poco que cuestionar. Nadie describió mejor al capitalismo, nadie descifró su lógica profunda y secreta como él lo hizo.
El tema es que vemos que no hay opciones, no se me ocurre el integrismo islámico como una de ellas, pero a mucha gente se le está ocurriendo que sí, ojo.
Estamos en un buen momento para reflotar la ilusión, este quiebre visible del capitalismo que hace que todo se pueda cuestionar tal vez abra puertas que habían sido tabicadas. No todo es fatalismo, no todos son huracanes devastadores, la ilusión y la esperanza pueden volver a inventarse, a darles nuevos sentidos de basamento, más allá del escepticismo estúpido y de la verborragia hueca de líderes de hojalata. La verdad está en nosotros, de la misma forma que estuvo en ellos. Tiempos de crisis, tiempos de nuevas esperanzas.
Y a lo mejor Central gane el sábado en Santa Fe, quién les dice?



¿Qué podremos descifrar como la chica que lee las cartas de esta historia? ¿Habremos aprendido algo?