martes, 31 de marzo de 2009

Pongámonos de pie


Julio me dijo que Alfonsín iba a ser como Adolfo Suárez. Eran las épocas en que no entendíamos bien algunas cosas de su gobierno. Afirmaba Julio que, luego de liderar la transición democrática española, su partido iba a desaparecer y que ese era el costo político de la transición lo mismo que a Suárez en España.

Me acuerdo cuando te escuché por primera vez en 1981 y cuando me decidí a trabajar para que fueras presidente: la nota en Clarín contra la Guerra de Malvinas. Ningún político tuvo tu coraje, todos fueron obsecuentes con la dictadura y vos fuiste el único que era un disparate, fuiste la única voz de sensatez en esos momentos de locura.

Como escribí alguna vez, aquel que no vivió esos días en la Argentina que fueron desde el 30 de octubre hasta el 10 de diciembre de 1983 no puede recordar aquel hermoso estado de felicidad colectiva que vivimos como pueblo.

Todavía me duelen las leyes de punto final y obediencia debida, el pacto de Olivos, pero hoy tengo una mirada más benevolente, tal vez ya habías decidido ubicarte en tu puesto de arquitecto proyectista y lo único que te importó fue cuidar tu obra: la democracia. Democracia que de una u otra forma podemos seguir manteniendo, medio renga, medio enclenque y débil todavía.

Tu tozudez de gallego hizo que me enojara más de una vez, pero nunca te perdí el respeto. Tu honestidad de vida debería ser un ejemplo para todos nosotros. Ojalá mis hijos algún día piensen lo mismo de mí. Recuerdo discurso final en la ciudad de Rosario, cuando extrañamente no recitaste el rezo laico como denominabas al Preámbulo de la Constitución Nacional, sino que contaste una historia de un hombre que estaba en la antigua Grecia al costado del camino picando piedras y que un viajero se detenía y comentaba "Pobre hombre, que horrible trabajo" y que el hombre se ponía de pie y orgullosamente respondía "No soy un pobre hombre ni este trabajo es horrible, soy un ciudadano ateniense construyendo la Acrópolis".

Señores, pongámonos de pie, acaba de morir un hombre íntegro, un demócrata. Una parte importante de mi vida se va con él.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Santa Cruz

Los nombres y los contrasentidos. Hace unos días, paseando por Buenos Aires con Alejandro el Mago, nos dijo a Virginia y a mí, después de comer rico y modesto en el restaurant "Caracol", "Ché, tengo ganas de conocer una iglesia que queda por mi barrio."


Conocedor de mi atracción por las iglesias en cualquier lugar que vaya y de la religión que sean le digo que sí, que vamos, por dónde queda.


"Es cerca de mi casa, sabés que iglesia es?"


"No."


"La iglesia de la Santa Cruz, te acordás?"


Como no acordarme. Tantas veces leí, escuché, recordé, que fue en esa iglesia en donde se empezaron a reunir la primeras madres que buscaban a sus hijos que no aparecían en ningún lado. Dos monjas francesas -Alice Domont y Leonie Duquet- les dieron en ese lugar espacio, contención, comprensión. Allí fue donde se infiltró "el ángel rubio" y como Judas identificó con un beso a las personas que serían secuestradas y asesinadas en la ESMA por la Marina. La patota bajo el eufemismo de "grupo de tareas" esperaba en la calle Estados Unidos.


Si bien sabía toda la historia nunca había estado allí, ni siquiera sabía donde quedaba. El sábado lluvioso le daba a la iglesia un aspecto más subyugante aún. Fue llegar y mirar, recorrer, tomar nota con los ojos. Dar cuerpo y entidad a lo que conocía por libros o relatos de otros. Caminar por esa calle y pensar, imaginarme como fueron los secuestros, las reuniones, la entrega del espía. Mirar los muros, enterarme como la mayoría de las víctimas que fueron identificadas descansan en el jardín de la iglesia que al lado tiene un instituto educativo muy importante. Allí fue secuestrada Azucena Villaflor, la primera madre, la fundadora.


Entrar al templo, fijarse en la rareza que dentro de una iglesia católica hubiera otras madres y un mapa de la Ciudad de Buenos Aires con los centros clandestinos de detención marcados en el altar.


A veces me gusta pensar en las microhistorias, en esas pequeñas cosas que se fueron dando como en una película coral. En simultáneo y sin que los otros supieran, y en el final las historias se cruzan. La película bien podría ser ésta.


En el año 1977 mientras estos hechos sucedían en la iglesia de la Santa Cruz, en otra Santa Cruz -la provincia- una pareja iniciaba un largo camino que los convertiría en matrimonio presidencial. Una carrera que buscaba más dinero y poder que otra cosa. Las paradojas de las microhistorias, mientras un grupo de personas arriesgó y perdió su vida buscando a sus hijos, familiares o amigos en reuniones en una iglesia porteña, un matrimonio se sentaba a la mesa a cenar y a discutir como ganar más dinero, algo absolutamente válido, pero muy lejos del compromiso que hoy pretender hacer valer.


Después vendrían la reinvención de las historias, el creerse algo que no fue, la lenta pero progresiva aproximación a la mitomanía. El tono de ella convertido en el de una maestra ciruela que lo poco que demuestra saber lo sabe mal y poco y encima me quiera dar lecciones. Asco me da esta gente. Y ahora viene el cruce final, en donde la memoria se muestra ensuciada y desvirtuada.


A los que hicieron de esa micro historia la historia de verdad, una humilde placa bajo un humilde foco los recuerda casi anónimamente, mientras que aquel matrimonio prolongó la sobremesa de la cena santacruceña hasta convertirla en una desmesurada gran comilona y llegaron con esa gran comilona a dirigir los destinos del país. Así de triste y penoso. Esta película no tiene final feliz, sólo el contrasentido de un mismo nombre para identificar dos orígenes absolutamente distintos: Santa Cruz.


La modesta placa en la iglesia de la Santa Cruz

sábado, 14 de marzo de 2009

Basta de mujeres violetas

¡Basta de mujeres violeta!



Juro que este blog no volverá a hablar de ningún pronóstico futbolístico, ni siquiera de un deseo. Tampoco me voy a detener en la polémica Maradona vs. Riquelme (¿hizo falta que Diego dijera lo que todos sabíamos?), no, no, no.

El tema que me tiene obsesionado son las mujeres violetas, mejor dicho las mujeres que se visten de violeta, uva, lila, o el color parecido que quieran llamarlas. El martes pasado, en una reunión de la facultad, había dos mujeres violetas. La primera tenía: remera violeta, pollera blanco con estampas violetas, sandalias violetas y un accesorio tipo pulsera violeta, con cartera violeta incluida. La otra, llevaba: uñas de manos y pies color violeta, pintura labial color violeta, sombra color violeta, remera color violeta, pantalón violeta más clarito, múltiples accesorios violetas.

Muchachas argentinas, un llamado a la solidaridad, puede ser que el violeta esté de moda, pero no cansen y aburran a los demás con querer ser tan a la moda que dan un poquito de asco.

¿Qué pasa? ¿El rojo dejó de existir? ¿El verde se perdió? ¿El negro salió de temporada?.

Basta de mujeres violetas, por favor!