jueves, 7 de mayo de 2009

El viento otra vez




Celia, la mamá de mi sobrino preferido Bruno y de mi sobrina preferida Lucía, volvió al ruedo. Estrenó su nueva obra de títeres que fuimos a ver el domingo pasado en la vieja Sala de la Cooperación que hoy tiene otro nombre pero que no nos importa.

Conociendo su historia sabemos que Celia no eligió ser titiritera, en los años duros ella había querido estudiar Historia, pero no podía inscribirse en la Universidad por motivos que ustedes imaginarán. Celia se enteró por aquellos años que en Rosario, la Escuela Nacional de Teatro no pedía demasiados requisitos y no informaba los nombres a ninguna otra repartición que no fuera el Ministerio de Educación y se anotó para estudiar titiritera. Desde que la conocí siempre supe que era titiritera, y que con tan hermosa profesión se ganaba la vida. Después fui viendo sus obras, más sencillas, más complejas, para niños, para adultos, premiadas algunas otras no. Todas muy buenas.

Hacía algunos años que no estrenaba una obra y en esta vuelve a sorprendernos en el mítico espacio de la plaza que fue y ya no es y de aquella infancia que añoramos pero no está más.

El espacio central de la obra es una plaza, plaza que es un lugar de encuentro y juego de los niños y los personajes del barrio.

El recorrido de sus personajes, Juan, Anita, Toto y Don Giuseppe, nos muestra una inteligente añoranza de la niñez perdida. La mayor emoción que nos provocó fue la pérdida de esa plaza. Las plazas ya no son más para que los niños las disfruten libremente y que ese sea su lugar de encuentro y diversión. Juan y Anita, dos niños humildes que se ganan la vida vendiendo diarios el primero y flores la segunda, tienen sus casas, su familia y su punto de referencia. Era la época de niños pobres y humildes, que aportaban algo a sus casas pero que lejos estaban todavía de convertirse en la niñez marginal y explotada que vemos en los chicos de la calle hoy en día.

Hace una pequeña concesión a la actualidad, Juan se quiere comprar la camiseta de fútbol de su equipo cosa que antes no pasaba, eso se instaló hace unos años con el márketing de los clubes de fútbol y la ropa deportiva, pero es una concesión mínima. Seguramente Juan se comprará la camiseta trucha que venden en calle San Luis.

La obra trae una intensa nostalgia del tiempo que fue y le muestra a los niños el tiempo que tal vez debería haber seguido siendo. Durante cuarenta y cinco minutos, está empecinada mujer va a lograr un triunfo efímero, pequeño, módico, como sus títeres, llevar a los que vean la obra a un mundo de añoranzas y emociones sencillas, con la mejor calidad profesional y un gran respeto por su público. Como dije, empecinadamente, como una Quijote, alejará a los niños de los peloteros, la wii, la play 3 y la televisión idiota, y cada vez que levante el telón volverá a arremeter contra los molinos de viento, aunque sólo sea en esos tres cuartos de hora.

A la salida nos queda el sabor agridulce de la batalla perdida de antemano y a pesar de todo el esfuerzo que se ponga, pero también nos gana por un instante la alegría serena de haberla perdido dignadamente.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Casi se me pianta un lagrimón. Los tiempos cambiaron tanto! Pero que bueno que aún en la vertiginosa vida post moderna uno pueda detenerse sobre todo con un niño al lado para mirar una historia así.

Romina

elastichica dijo...

tenes razon melli . este post es todo nostalgia como me gusta a mi. Yo estoy produciendo una obrita de titiriteras jovenes en el Abasto. Un poco para mantener vivo un sueno de antes.
chau melli ...