jueves, 25 de febrero de 2010

Revisando archivos

Esta mañana, buscando archivos, encontré éste. Fueron unas palabras que me hicieron decir cuando cumplimos 25 años de graduados de nuestro secundario. No tuve mejor idea que ponerle de nombre al archivo "Egresados".
Y como todavía me sigue emocionando este recuerdo, me gustó compartirlo. Acá va.

Las opciones eran dos. Los chicos de las escuelas primarias rosarinas teníamos que elegir entre el “poli” y el “superior”. Nadie sensato pensaba en la posibilidad de una escuela privada.
Corría 1974. El país vivía horas difíciles, tenebrosas. La universidad había sido tomada por lo que se conoció como la “misión Ivanissevich” y fue una antesala de lo que ocurriría apenas un año y medio después con la profundización de los mecanismos represivos de la dictadura militar.
En esos tiempos este grupo de chicos y chicas eligió el “superior”.
Vinimos a los cursillos que nos abrieron un mundo nuevo: estar en un colegio secundario y a la vez en la universidad. Empezamos a hacernos grandes y a conocer a los que serían nuestros compañeros. Pero la meticulosa obsesión por el “orden” alfabético de esta escuela, que todavía persiste, hizo imposible que puedan compartir aulas chicos con apellidos que empiecen con A y Z. Nadie se animó a romper ese orden.
Salíamos tarde, empezamos a recorrer la ciudad al atardecer y tomábamos colectivos solos. Algunos empezamos a fumar y otros se pusieron de novios.
Entramos en esta Escuela en el 75 y egresamos en el 79. Los años más duros de la historia argentina, los tiempos de plomo, formaron de cierta manera nuestra adolescencia. Padecimos políticas represivas, falta de libertad académica y de pensamiento. Tuvimos preceptores que venían armados y que se ufanaban de ser miembros de los servicios de inteligencia. Por aquel momento, tanto la triple A como la dictadura se encargaron de asesinar y desaparecer a compañeros de esta escuela como bien lo indica la placa colocada en este patio a la izquierda del mástil.
Creo que sería una buena idea de preservar aún mas la memoria si las aulas del Superior fueran bautizadas con los nombres de aquellos alumnos, para que sus nombres sean memoria activa para que cada vez que un nuevo estudiante pregunte quiénes fueron la historia vuelva a ser narrada. Una y mil veces. Y sirva para que nunca más un alumno de esta o de cualquier otra escuela sufra y dé su vida en altares de sacrificio creados por seres monstruosos que todavía conviven entre nosotros. Increíblemente, a pesar de esto, la vida pudo más.
Acá empezamos a hacernos varones y mujeres.
Acá empezamos a crecer, a jugar, a generar amistades profundas, a sentir lo que era el amor por primera vez.
La vida logró esquivar, engañar y distraer a las aves de rapiña que no querían que fuéramos felices. Con ingenio, amor, inteligencia, solidaridad, pasión, fueron vencidos. La muerte fue vencida. Los señores de la muerte y el terror fueron engañados por un grupo de adolescentes que pudo celebrar la vida en cada reunión, cada baile, cada revista que se hacía. En cada amistad nueva que se creaba, justo ahí cuando las manos se entrelazaban furtivas en los recreos a espaldas de aquellos que ni siquiera permitían eso.
Y eso es lo que nos quedó. Afectos y recuerdos. Afectos que nos permitieron sobrevivir en momentos en donde la vida había perdido todo valor, y recuerdos que nos sirven para seguir adelante con el compromiso de que nunca más esa historia nefasta se vuelva a repetir.
Ya no nos acordamos de las más de cien fórmulas de matemática financiera, ni de las fórmulas químicas de sales e hidrocarburos. Pero sí nos acordamos de todo lo que vivimos aquí, de cada palabra, de cada gesto, de los temores frente a los exámenes, de las chupinas compartidas o solitarias, de la manga de “atorrantes” de amigos que fuimos y que con sólo volvernos a ver parece que fue hace muy poco que estábamos sentados en estas aulas y ahora algunos tenemos hijos que se sientan en ellas.
Nos enorgullecía ir al Superior. No había escuela privada que pudiera con nuestro orgullo, sólo la fraternal “batalla” con el Politécnico era la que nos molestaba. Elegimos y defendimos la escuela y la universidad pública y debería ser nuestro desafío y compromiso seguir haciéndolo. Porque hoy vemos a esta escuela renovada, democrática, amplia, formando generaciones de jóvenes que se eduquen en los valores fundamentales de toda persona: la defensa de la libertad, de las garantías constitucionales, de los derechos humanos y sociales. Si todos nos miramos para adentro creo que todavía encontramos ese orgullo de haber concurrido a una buena escuela, tal vez a una de las mejores de Rosario y de la Argentina, pero no por sus profesores o directivos, sino porque en ella, generación tras generación concurrieron los mejores estudiantes, único motivo y razón de demostrar la grandeza de esta escuela. En este caso, en este día, los mejores estudiantes y compañeros de la promoción 1979 vienen a rendir el mejor de los homenajes, agradecer a esta escuela la oportunidad que nos dio de haber sido compañeros y amigos, a ustedes, a mí, a todos nosotros. Compañeros y amigos. Estas bellas palabras vencieron a la muerte. Se construyeron aquí dentro, casi en secreto. Hoy salen del interior de estas paredes y son parte del orgullo de haber pertenecido a esta escuela.