miércoles, 17 de noviembre de 2010

Ese sucio trapo rojo

El frío corría el patio de la escuela esa mañana, era un sencillo acto que recordaba el 17 de agosto. El vicedirector del turno mañana era un conocido fascista de apellido Mazza al que apodábamos "El Topo" por sus bigotes y cara de roedor.
En su pueril discurso, habló poco de San Martín, pero se detuvo en recordar los años "trágicos" de la escuela, cuando la toma de la misma por parte de los estudiantes había llevado a la "peor de las degradaciones morales: en este mástil, en lugar de flamear la bandera, habían puesto un sucio trapo rojo, una bombacha". Juro que, en ese contexto, a nadie se le ocurrió ni siquiera esbozar la mínima sonrisa.
Esa alegoría fantasmal, la del trapo rojo en lugar de nuestra bandera, fue una constante en la mayoría de los discursos de civiles o militares durante la dictadura. Ellos, decían, nos habían salvado del trapo rojo.
Estoy casi seguro, que acá también alguien dijo esa frase. Alguien se regodeó con esa frase, muchos hicieron el besamanos de Galtieri, Nicolaides, Feced y demás defensores de las "tradiciones nacionales" de torturar y matar a todo aquel que tuviera alguna mínima intención de colgar un trapo rojo en la patria de las vacas y las mieses.

Edificio de la "emblemática" Bolsa de Comercio de Rosario, al costado el trapo rojo

Detalle ampliado: el maoísmo privilegiado

Pero resulta que, ahora el trapo rojo no nos asusta es más, a muchas les encanta. Y no tienen prurito ni escozor de colgarla en el mástil al lado de la inmaculada celeste y blanca. Todo sea para recibir al ministro de agricultura chino y seguir haciendo excelentes negocios con la soja que no quieren compartir con nadie. El trapo rojo ya no asusta a nadie, por lo menos si está tan, pero tan lejos: en nuestras antípodas.